UNA VENTANA ABIERTA (fragmento)
... En cualquier caso, al acabar la jornada de trabajo había llegado a dos preocupantes conclusiones: que Pablo nada tenía que ver en aquella broma –por más que estudié cada uno de sus gestos durante toda la mañana, ni uno sólo de sus músculos faciales amenazó con componer un amago de sonrisa delatora– y que tampoco ninguna de mis compañeras parecía la autora de la llamada matutina al contestador y las dos posteriores que pude escuchar –la de la tarde, poco antes de las cinco y la nocturna que me impidió descansar como acostumbro.
Y cuando llegué a casa, un nuevo sobresalto, aunque en esa ocasión ya
iba preparado para lo que podía encontrarme cuando estirase el cuello por
encima de la cama en busca del piloto rojo del teléfono. Había cerrado la
puerta con las dos llaves, había pasado la cadena de seguridad y había cubierto
los cuatro o cinco metros que separan el recibidor de la puerta del dormitorio
con paso indolente, pero incapaz de evitarlo. Me sentía como un insecto atraído
por la mortífera luz del matamoscas eléctrico de un bar. Y sobre la mesilla,
las epilépticas pulsaciones rojas del contestador. Un parpadeo, un solo mensaje
sin escuchar: eso era lo que me confesaba el aparato.
Ya advertido de lo que podía contener la cinta, bajé la persiana antes
de tomar cualquier decisión. Podía borrar el mensaje y negar su existencia,
pero eso no me iba a librar del horror de recibir nuevas llamadas de Rebeca.
Así que decidí accionar el contestador y someterme a la tortura del acoso de la
mujer. Pero antes me dirigí al baño y rebusqué en la caja de los medicamentos
hasta encontrar el Rivotril, uno de mis anticonvulsivos favoritos. Tomé dos
comprimidos con un sorbo de agua y volví al dormitorio. Todavía contemplé durante
unos segundos el repetitivo guiño de la diminuta bombillita roja. Pulsé el
botón y escuché.
“Hola de nuevo, Alfonso. Como verás, no me olvido de ti aunque tú no me hagas caso. Te esperé durante una hora, algo que no había hecho nunca por ningún hombre. Te llamé un par de veces pero estaba demasiado indignada con tu actitud, así que preferí no decirte nada. Ahora estoy más calmada y quiero darte una nueva oportunidad, así que te espero en el mismo sitio y a la misma hora. Recuerda: el Bulevar, cuatro y media. No me falles esta vez”.
Mi temperatura corporal experimentó una apreciable disminución en
cuestión de segundos. O al menos esa era mi sensación, debido sin duda al sudor
frío que recubrió mi cuerpo de un modo instantáneo. Me aflojé el cuello de la camisa
en un intento desesperado de poder inhalar un mayor volumen de aire. Las
palpitaciones aumentaron a un ritmo trepidante. Apenas pude contener las ganas
de vomitar hasta que llegué al baño. Vacié en el inodoro el escaso contenido de
mi estómago –no había comido nada desde la hora del almuerzo, sobre las diez de
la mañana– y me sentí un poco mejor. Me lavé la cara y me enjuagué varias veces
tratando de eliminar el mal sabor de boca que me había quedado. Entonces me di
cuenta de que los ansiolíticos que había tomado poco antes no podían haber
hecho efecto y tomé otra dosis, ahora cuatro comprimidos adicionales de
clonazepam. Me tumbé en la fría cerámica del aseo e intenté relajarme.
Diez minutos más tarde me encontraba algo más sereno, pero en ningún caso
me sentía con ganas de volver a escuchar la voz de Rebeca. Y aunque había
descartado casi por completo a Pablo como inductor de aquellas llamadas, decidí
telefonear a mi compañero y salir de dudas de una vez por todas. Si quedaba
claro que él no había participado en lo que ya había dejado de ser una broma,
quizás pudiera ayudarme a descubrir la identidad de la mujer. Pablo descolgó el
auricular al segundo tono, lo que me hizo pensar que estaba al lado del aparato
esperando mi llamada.
–Pablo, no tiene ninguna gracia lo que me estáis haciendo... creo que os
habéis pasado conmigo.
–Pero, ¿se puede saber quién eres? Ah, coño, Alfonso... perdona, chico,
pero es que no te había conocido la voz. ¿Y de qué me hablas? ¿Qué te ocurre?
Pareces algo alterado.
–¿Alterado? ¿Alterado, dices? Estoy fuera de mí... así que espero que la
tal Rebeca no sea ninguna amiga tuya, porque no sé hasta dónde sería capaz de
llegar...
–Vamos a ver, Alfonso ¿de qué hostias me estás hablando? ¿y quién es esa
Rebeca? De verdad, siempre te he considerado un poco raro, pero esto ya es
demasiado.
El estupor de Pablo parecía demasiado auténtico para ser una actitud
ensayada. Así que decidí contarle lo sucedido, pretendiendo encontrar en él su
solidaridad con mi indignación. Pero cuando terminé de referirle lo que me
había ocurrido las dos últimas tardes no quiso darle demasiada importancia al
asunto de las llamadas. La broma de mal gusto de alguna petarda, fue su
conclusión.
–Que no, Pablo, que esta tía no es normal. Parece... no sé, tiene voz de
desquiciada, de desesperada... No te lo creerás, pero tengo miedo de ella.
Pablo conocía sobradamente mi historial clínico. Yo jamás había
comentado nada con mis compañeros acerca de mis primeras visitas al psiquiatra
cuando tenía diez años, aquellas visitas interrumpidas por la traumática
desaparición de mi padre y a partir de las cuales el especialista me pudo
diagnosticar fobia social; ni tampoco había hablado nunca de mi regreso a la
psicoterapia cuando la muerte de mi madre; ni, por supuesto, de mi primer y
único intento de suicidio un año después de su desaparición –algo que mi
psiquiatra consideró como un mero intento de llamar la atención, pero que tuvo
como consecuencia directa la duplicación de las dosis de Tofranil y Rivotril
que me hacía ingerir diariamente–. Pero a pesar de haber intentado ocultar todo
aquello, el Ayuntamiento es como un pequeño pueblo en el que las intimidades se
difunden sin necesidad de pregonero alguno, y no creo que hubiera un solo
funcionario ignorante de mi situación médica. Y eso fue lo que hizo que Pablo
no se riera en mis narices de mis temores hacia Rebeca. Muy al contrario: en
cuanto nombré la palabra miedo, mi compañero se puso a mi entera disposición.
–¿Quieres que acuda yo en tu lugar a la cita con Rebeca? Así podría
averiguar de quién se trata y decirle cuatro cosillas...
–¿Crees que llegarías a tiempo? La cita es en el Café Bulevar, dentro
de... –consulté mi reloj y me sorprendí al comprobar lo tarde que ya era– ¡diez
minutos!
–Pues no se hable más, salgo ahora mismo para allá... y no te preocupes:
te llamaré en cuanto sepa algo de esa admiradora tuya. Ah, y si está buena,
despídete de ella: no pienso dejarla escapar –bromeó queriendo aliviar la
tensión que seguía ahogándome.
Pablo colgó el teléfono sin darme tiempo siquiera a agradecerle su
ayuda. Con un poco de suerte, en cuestión de media hora podría tener algún
detalle sobre la mujer que llevaba dos días alterando mi frágil equilibrio
mental. Pero, a pesar de que la respuesta a mis preguntas sobre la identidad de
Rebeca iba a llegar previsiblemente en muy poco tiempo, no supe en qué emplear
aquellos treinta o cuarenta minutos de modo que la espera no me resultase
demasiado angustiosa. No podía perderme en las aguas de Internet, pues eso
suponía tener la línea ocupada, de modo que Pablo no podría ponerse en contacto
conmigo. Pero ese mismo hecho me obligaba a enfrentarme a la posibilidad de que
fuera la propia Rebeca quien me llamase, adelantándose a mi compañero. Y eso me
provocaba una angustia infinita, una ansiedad creciente, un desasosiego
asfixiante... Por otra parte, tampoco me apetecía encender el televisor, pues
me sentía incapaz de prestar la atención suficiente para seguir el hilo de
cualquier programa que pudieran estar dando. Finalmente, encontré la actividad
ideal para pasar aquel rato de espera: limpiar los cristales de todas las
ventanas, uno de mis pasatiempos favoritos, una de mis manías preferidas y más
inofensivas...
Empecé por el salón, primero las ventanas y después las puertas del
balcón, dos hojas de ciento veinte centímetros de anchura cada una que
abarcaban prácticamente desde el suelo hasta el techo de la habitación.
Continué con la ventana de la cocina y después me dirigí al dormitorio. El
timbre agudo del teléfono me clavó al suelo de madera. Eran las cinco menos
diez, la misma hora a la que Rebeca me había llamado por segunda vez el día
anterior, y esa coincidencia me hizo temer lo peor. De nuevo la sudoración fría
característica de un previsible ataque de ansiedad, de nuevo la sensación de
ahogarme en mi congoja... Opté por dejar que saltase el contestador en
previsión de que no fuera Pablo el interlocutor al que hallase al otro lado de
la línea en caso de atender personalmente la llamada. En esta ocasión, después
de escuchar el mensaje saliente y el pitido que constituía el pistoletazo de
salida para quien quisiera dejar grabado algún recado, pude oír la voz que
tanto temía escuchar.
–Alfonso, sé que estás ahí y te diré que no me ha gustado nada el truco
de enviar a nuestra cita a Pablo, tu compañero de trabajo. Reconozco que no
está mal, pero a quien quiero es a ti. Alfonso, por favor, descuelga el
teléfono... de acuerdo, ocúltate si lo deseas, pero no te va a servir de nada.
Verás, mañana es tu última oportunidad para acudir a mi encuentro: si no estás
a la misma hora y en el mismo sitio de siempre, yo iré a buscarte aunque sea a
tu propia oficina. Hasta mañana.
En el preciso momento en que Rebeca colgaba, yo quise asir el auricular
y gritarle puta, zorra, déjame en paz, no quiero saber nada de ti... pero nada
de eso pude hacer: permanecí inmóvil, el limpiacristales en una mano y el paño
en la otra, hasta que dejé caer blandamente el trapo al suelo y arrojé con
violencia el bote contra la pared. Luego, caí desplomado sobre la cama. Escondí
la cabeza entre mis brazos y rompí a llorar y a golpear el edredón con mis
puños, rabioso e impotente, rota la escasa calma que había logrado mantener
mientras abrillantaba vidrios.
Había pasado la noche en blanco por culpa de aquel monstruo con voz de
mujer, por mi sangre navegaban los principios activos de los fármacos que había
ingerido en dosis superiores a las habituales –con el subsiguiente incremento
de la somnolencia que la medicación me provocaba– y la última llamada de Rebeca
me había sometido a un excepcional grado de tensión. Así que no era extraño
que, tras llorar toda mi impotencia, pasase las dos horas siguientes dormido
sobre la cama. Cuando desperté, estaba frío y tenía la boca pastosa. Fui al
lavabo, bebí un trago de agua y lo acompañé con un Valium 10. Antes de volver a
tumbarme en la cama, desconecté el contestador: en modo alguno quería volver a
oír la voz de Rebeca. Eran más de las siete de la tarde y comenzaba a
oscurecer. A través de la ventana de mi dormitorio podía ver el resplandor de
las luces procedentes de la calle, de las viviendas enfrentadas a la mía. El
teléfono sonó tres o cuatro veces a lo largo de las horas siguientes, pero ni
siquiera me sobresalté al escuchar el timbre en la penumbra de mi duermevela.
4
Desperté, temblando de frío, a las cuatro y media de la madrugada.
Todavía no había comenzado la campaña de calefacción y la casa estaba helada.
Además, cuando me quedé dormido ni siquiera me cubrí con una sábana;
simplemente me acurruqué sobre la cama pensando que no iba a poder conciliar el
sueño, convencido de que, tras unos minutos de descanso, me encontraría mejor y
podría levantarme. Sin preocuparme por cambiar mis ropas de calle por un más
cómodo pijama, me metí bajo el edredón y de inmediato comencé a pensar en
Rebeca y en todo lo que me estaba ocurriendo durante los últimos días.
Rebeca me había demostrado en el minuto escaso que duraba su última
intervención que no sólo estaba al corriente de bastantes aspectos de mi vida,
de mis movimientos cotidianos y, lo más preocupante, de mis datos personales,
sino que también conocía a la gente de mi entorno. Porque su referencia a Pablo
estaba de más, no era necesaria en absoluto: simplemente era el modo que Rebeca
tenía de decirme que sabía más de mí de lo que yo pudiera imaginar, que su
información sobre mi vida no se restringía al círculo más inmediato –mis
propias circunstancias– sino que se desplazaba en movimientos concéntricos
alrededor de mi persona.
© Seitidi,
enero de 2001