CARIÑO AL CONTADO (fragmento)
...
En silencio, contemplé cómo unas migajas flotaban en el mar de café con leche
que tenía entre las manos. Parecían tan perdidas como yo, intentando
inútilmente alcanzar a nado la orilla salvadora del tazón. Las migas buscaban
el asidero salvador de la cerámica apta para microondas; yo pretendía encontrar
una idea a la que agarrarme, una idea a partir de la que poder vivir en el
papel una historia más pasional que la que me había tocado en el sorteo
navideño de mi quinta –debo aclarar que mi llegada al mundo se había producido
el veintidós de diciembre de cuarenta años atrás–. Con un gesto, que luego
consideré pleno de una grosera crueldad y resentimiento, me bebí todo el
contenido de la taza poniendo fin a las inocentes esperanzas de aquel inocente
banco de migas.
Tenía todo el día a mi entera
disposición. Carlos no volvería hasta la noche –quizás, con algo de suerte,
recalara en puerto a la hora de la comida–, el pedido del supermercado había
llegado la mañana anterior y tampoco esperaba a ninguno de mis alumnos –dos
días a la semana dejaba de traducir folletos turísticos, artículos de revistas
científicas y alguna que otra novela para impartir clases a muchachos que sólo
demostraban sus conocimientos de inglés ante las instrucciones de los
videojuegos–. Podía dedicar la mañana al folletín americano que tenía sobre la
mesa de mi estudio, pero eso no me ayudaría a olvidar mis carencias
imaginativas. No, en lugar de quedarme en casa, bajaría al centro, a mi librero
de siempre, y buscaría un buen diccionario de sinónimos con el que mejorar la
versión original del yanqui. Al momento, lo pensé mejor: ¿para qué mejorar algo
que se vendería como rosquillas gracias, entre otras cosas, a un lenguaje apto
para todos los públicos? Seguro que la mayoría de los lectores a los que iba
destinado no tendrían un diccionario de bolsillo en casa en el que consultar
las dudas que provocarían mis personales aportaciones… En cualquier caso, lo
tenía decidido: necesitaba un nuevo diccionario de sinónimos y esa mañana
parecía la adecuada para comprarlo.
En veinte minutos estaba en la
calle, camino de la librería. Cuando llegué a mi destino, bajé al segundo
sótano, donde se almacenaban los libros de historia, filosofía, derecho y los
diccionarios –siempre me he preguntado por qué los libros más útiles tienden a
esconderse en los rincones más inaccesibles de una librería; quizás sea porque
su valor se reserve como premio gordo a los más conspicuos clientes, quedando
las pedreas de los folletines para disfrute de la masa en general–. Cuando tras
media hora de rastreo encontré lo que buscaba, me dirigí a la caja situada en
la planta calle. Estaba tratando de localizar la tarjeta de crédito entre el
maremágnum plastificado de la cartera –El Corte Inglés, Cortefiel, Hispamer, La
Caixa– cuando un dedo desconocido picoteó con maleducada insistencia en mi
hombro.
–¿Sole? ¿Sole Lambán, de las
Ursulinas Descalzas? –inquirió la propietaria del dedo.
Giré la cabeza. Comencé por mirar
al responsable de la llamada de atención, un dedo tintado de rojo fuego en su
extremo queratinoso. Puse después los ojos a patinar sobre unas falanges
perfectas, el dorso de una mano primorosamente cuidada, una muñeca firme, un
antebrazo cubierto de azul marino del que asomaba un reloj de medio kilo… Sobre
unos hombros anchos, la cabeza de una mujer de mi misma edad, vestida como para
una recepción oficial –traje de chaqueta del mismo color que la manga que ya
había visto un segundo antes, echarpe gris perla, maquillaje de a veinte mil la
sesión– que me miraba con ojos sorprendidos. Le resté veinticinco o treinta
años, le sumé unas coletas apelmazadas a ambos lados de la cara y le puse
nombre.
–¿Noelia? ¿Noelia Beltrán?
–pregunté sin demasiada confianza en la posibilidad de acertar.
Mientras realizaba aquel
ejercicio de adivinación, comprobé disgustada que la posible Noelia tenía en la
mano izquierda, la que no había utilizado para reclamar la atención de su
antigua compañera de pupitre, un ejemplar de la primera novela del mismo autor
que me encontraba traduciendo en esos momentos –Thomas Chandler,
afortunadamente nada que ver con el ilustre Raymond; Thomas tan sólo utilizaba
el apellido de soltera de su madre.
–Premio –exclamó con la misma
alocada alegría con que lo habría hecho en sus tiempos de colegiala–. Pero
chica, ¿qué es de tu vida? ¿dónde has estado todos estos años que no nos hemos
visto?
Dónde has estado tú –pensé–, yo
no me he movido de aquí en ningún momento. Desgraciadamente, eché unas raíces
demasiado profundas en esta ciudad que me ha negado las oportunidades que
habría tenido en cualquier otro lugar.
Pero consideré que era un modo
demasiado brusco y lastimero de reiniciar la relación que habíamos suspendido
tantos años atrás, por lo que me decanté por una fórmula mucho más
convencional.
–Hija, no has cambiado nada en
estos… ¿veinticinco años? Te veo hecha una cría.
–Venga, venga, tampoco te pases.
He aprendido a convivir con mis arrugas y demás consecuencias de la edad. Pero
sí, la verdad es que la vida no me ha tratado mal… no, no puedo quejarme. ¿Y
tú? Cuéntame, ¿a qué te dedicas? ¿te casaste? ¿tienes críos?
No sé. Sí. No. Esas eran las tres
respuestas telegráficas con las que podía cumplimentarse el cuestionario de
Noelia. Sentí una punzada depresiva en el corazón, una congoja opresiva
alrededor del cuello, cuando tomé consciencia de la vacuidad que suponía poder
resumir media vida con cuatro palabras, una de ellas, repetida. Si esas cuatro
palabras se podían pensar en un instante, ¿qué había hecho yo con los otros
trillones de instantes transcurridos desde que dejé de ver a Noelia?
© Seitidi,
agosto de 2000