EL PODER DE LAS PALABRAS (14-02-2000)
A la atención de D.José María Aznar
Palacio de la Moncloa s/n
Estimado Sr.Aznar:
Recuerdo que hace muchos, muchos años, cuando era pequeño y entre mis obligaciones sabáticas estaba la de asistir a misa, el cura decía unas palabras que, de puro mecánicas, se me quedaron grabadas a fuego en la mente. Al llegar a una fase determinada de la ceremonia siempre decía la siguiente frase: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme". Creo que se trata de un formulismo religioso que todavía no se ha modificado, a pesar de los vertiginosos cambios a que nos tiene acostumbrados el Vaticano: ya no se dice la misa en latín, el cura se pone de frente al público…
Y usted se preguntará: ¿a qué fin viene todo esto? Pues mire usted, yo se lo explico.
También hace bastantes años, aunque ya había dejado de asistir a misa los fines de semana, un buen hombre, de palabra fácil y gestos grandilocuentes, utilizó unos pases mágicos para convencerme de colaborar con su causa. Corría el año 82 y el buen señor estaba intentando trasladarse a la vivienda en la que usted está de alquiler desde hace 4 años. Sus convincentes palabras formaban parte del lema con el que ganó aquellas elecciones y eran las siguientes: "OTAN: de entrada, no".
A mí me pudo convencer con facilidad, ya no sé si por mi escasa formación política o por mi incapacidad para ver más allá de unas cuantas palabras bien conectadas sintácticamente. O quizás simplemente se trataba de un error de la imprenta que realizó los carteles y olvidaron escribir el slogan completo, que debería haber rezado: "OTAN: de entrada, no; luego, ya veremos". Porque el bueno de Felipe –no sé si le suena de algo, pero creo que dejó algún recibo de agua de la Moncloa sin pagar cuando se trasladó a otra vivienda–, aún no había terminado de amueblar el palacete a su gusto y ya estaba tratando de convencerme de que una cosa era no entrar en la OTAN y otra diferente salir. Y ya puestos, que por qué no nos integrábamos en la estructura militar de la organización (que digo yo que dónde se ha visto una organización militar sin estructura militar: como si hasta entonces hubiéramos estado en un club de boy-scouts).
Por ahí ya no quise pasar. Y me hice la promesa de no volver a participar en la farsa de las elecciones hasta pasados, al menos, veinticinco años y un día, plazo que consideré suficiente para expiar mi pecado de inocencia política.
Pues mire usted, todavía me faltan siete años para cumplir mi voluntaria penitencia y una palabra suya ha bastado para sanarme de mi enfermedad (no sabía yo que usted estuviera ungido del celestial poder de curar a los insanos como un servidor). En realidad se trata de una palabra compuesta, todo hay que decirlo. Y la palabra que ha obrado el milagro es: SOCIAL-COMUNISTA.
¿Cómo no voy a creer en el poder de las palabras si usted, con esa sola mención, está a punto de conseguir que vuelva al redil de la democracia participativa? De momento, estoy tratando de resistir su envite y mantenerme así fiel a mi juramento. Pero le prometo que si un día de estos, en uno de sus frecuentes arrebatos de lucidez, me nombra lo del contubernio judeo-masónico, lo de la quema de conventos o lo de las violaciones de monjas, no faltaré a las urnas el próximo 12 de marzo. Y lo peor es que tendré que votar, posiblemente, al partido que acabó con mi virginidad electoral a mis dieciocho añitos.
Suyo afectísimo, un redimido
Seitidi
P.D: le podría enviar esta carta a su buzón electrónico, pero prefiero que sea usted quien me visite en esta su casa.