Cinco
años después, todavía no me he podido deshacer de su último recuerdo, de su
imborrable sombra. Durante todo ese tiempo he ido desprendiéndome de su
memoria: arrojé en un contenedor todos los discos que habíamos comprado en
común y que representaban algo especial para mí, rompí todas las cartas que me
escribió cuando éramos novios, recorté su figura en cada una de las fotos en
las que aparecíamos juntos. También fue hace cinco años cuando cancelamos
conjuntamente las cuentas corrientes que conjuntamente habíamos abierto al
casarnos.
Pero todo eso no era suficiente
para olvidarla.
Desde el día en que nos separamos
–realmente, desde una semana después–, su nombre no figuraba en la plaquita del
buzón. Había roto las antiguas tarjetas de visita y había mandado hacer unas
nuevas en las que sólo aparecían mis datos, y ella había tenido el detalle de
cambiar la domiciliación bancaria de sus tarjetas de compra.
En cuanto a sus libros, los
empaqueté cuidadosamente y los remití a la dirección que ella me facilitó. Otro
tipo de enseres domésticos, como el video, el televisor, el equipo de música,
los habíamos repartido antes de que ella se fuera definitivamente de casa. Sólo
dejó algunas ropas que, al cabo de los meses, llevé a una asociación benéfica y
ahora cubrirán otros cuerpos más necesitados.
Pero Silvia seguía presente en mi
vida.
Decidí cambiar de agenda de
teléfonos pues a veces, buscando el de alguno de mis amigos, tropezaba con el
de mis suegros, con el de alguna de las compañeras de estudios de Silvia, con
el de la peluquería a la que iba cada quince días... y eso me traía de nuevo a
la mente su imagen nítida.
Seguí buscando recuerdos suyos
por toda la casa. En una caja que encontré en el baño y que nunca había abierto
desde que ella se fue encontré unas cuantas cremas de día, de noche,
mascarillas para el pelo, maquillajes, una antiarrugas casi agotada, varias
horquillas y un paquete de algodones desmaquillantes. Todo aquello, incluida la
caja, acabó en la basura.
Continué el rastreo en el salón.
El mueble bar contenía algunos licores que sólo Silvia solía beber: una botella
de Cointreau, una de licor de manzana verde y otra de licor de melocotón.
Cuando conseguí romper el precinto de azúcar en que se había convertido el
tapón, vertí todo su contenido por la fregadera. Veía desaparecer el líquido
por el desagüe y con él se iba Silvia un poco más.
Y todavía percibía su presencia a
mi alrededor.
El último paso lo di al
deshacerme de las corbatas que, a lo largo de los años, me había ido regalando.
A razón de una por cada san Valentín y otra por Reyes o por mi cumpleaños,
salía una cifra de dos corbatas al año. En total, catorce corbatas alimentaron
la pira funeraria que preparé en la terraza.
Eso fue el pasado mes de diciembre, coincidiendo con una de mis clásicas
depresiones navideñas. Durante los cuatro meses siguientes no logré encontrar
nada que llevara estampado el nombre de Silvia, nada que me hiciera oler su
perfume, nada que me trajera su voz canturreando al lado de la mía, nada que
grabase su imagen en mi retina. Pero al llegar mayo...
Al llegar mayo, la agencia de viajes Mar y Sol Travels, con la que
Silvia y yo habíamos contratado nuestras vacaciones en un par de ocasiones, se
encargó de hacerme llegar –como ocurría cada mes de mayo desde hacía diez años–
su catálogo veraniego de las costas e islas de España, igual que si se tratase
del recordatorio anual de nuestro aniversario de boda. Sin abrir el sobre, lo
rasgué y lo arrojé a la basura. Lloré unas lágrimas de rabia, luego sonreí y
pensé que, al menos, ahora disponía de todo un año por delante sin toparme con
la cara de Silvia. O de toda una vida si me cambiaba de domicilio y me hacía
invisible también para Mar y Sol Travels.
© Seitidi,
febrero de 2001