MARIO PRECIPITADO (fragmento)

 

... Fueron unos meses maravillosos, en los que alcancé la plenitud siempre deseada, una estabilidad emocional que nunca había imaginado. No sólo tenía una relación estable –la que habíamos sellado años atrás mi marido y yo–, sino que también contaba con un amante estable. ¿Qué más podía desear? Nos veíamos con cierta frecuencia, algunos fines de semana al principio, en días laborables después. Yo lo tenía fácil para justificar mis ausencias de una sola jornada, me bastaba con decir que tenía una visita de obra en algún pueblo de la provincia, en cualquier ciudad cercana a la mía. Y Mario era libre de ir y venir cuando y donde gustase. Así que nuestra relación se fue consolidando poco a poco... hasta que llegaron los días previos a las últimas navidades del siglo, momento en el que Mario me demostró que no me equivocaba al pensar que seguía siendo el mismo atolondrado de siempre.

Era viernes, veintidós de diciembre. Las seis de la tarde. Tengo mi estudio en un edificio céntrico, y por las ventanas podía ver las bombillas navideñas, los ríos de gente desplazándose desordenadamente de un lugar a otro. Había dado fiesta a los dos delineantes que trabajan para mí, y yo había ido al despacho con la idea de acabar una memoria que tenía pendiente desde hacía varios días, cerrar pronto y terminar de comprar los regalos de mi marido y mis hijos. Entonces sonó el timbre. Abrí la puerta y me encontré con Mario apoyado en el quicio.

–Pero ¿qué haces tú aquí? –le pregunté. Y no sé si me alegraba de verle o si pensaba que no era el mejor momento para recibir su visita, con todas las cosas que todavía tenía por hacer pero, en cualquier caso, tiré de su brazo y le hice pasar a mi despacho.

–Pues ya ves, que estaba de paso y he querido darte una sorpresa –me contestó antes de que nos besáramos en los labios–. ¿Tienes algún compromiso esta noche? He pensado que podías invitarme a cenar; tengo algo muy importante que decirte.

¿Algo importante? ¿Qué podía entender Mario por algo importante? Y claro que tenía compromisos para esa noche: compras, marido, hijos... Hasta ese momento, Mario y yo siempre nos habíamos visto en terreno neutral, ni en Madrid, donde el residía, ni en Zaragoza, la ciudad en la que yo vivo y trabajo. Creo que lo de vernos fuera de nuestro hábitat natural se trataba de un acuerdo tácito, pues en ningún momento habíamos establecido esa condición como premisa de partida; simplemente, los dos considerábamos que era lo mejor para sacar adelante nuestra relación. Y su aparición en mi estudio suponía una violenta ruptura de esa regla no escrita. Lo que Mario quería decirme debía ser realmente importante.

–Vaya, Mario, siento mucho esto, pero sí que había hecho planes; ¡cómo iba a imaginar que podías venir! Pero, ¿qué es eso que me quieres contar?

Mario se frotó las manos lentamente, como si se las estuviera enjabonando. No apartaba la mirada del suelo salvo para dirigirla de vez en cuando al techo; pero seguía sin decir una palabra.

–¿Qué sucede? ¿No querrás que dejemos lo nuestro? –le pregunté intuyendo que algo no iba demasiado bien. Mario se sobresaltó, dejo de mirar al techo y al suelo alternativamente y clavó sus ojos en los míos.

–¿Dejarlo? Ni lo pienses... verás, más bien estaba pensando en lo contrario, pero... Bien, tú sabes eso de que año nuevo, vida nueva ¿no? Pues eso, que no podía dejar pasar estas fechas sin hacer algo que llevaba meses pensando. Laura, cuando nos volvimos a encontrar hace ya año y medio, no te dije toda la verdad... bueno, en realidad te mentí como un bellaco: estoy casado.

Creo que mantuve la boca abierta durante varios minutos. Mario me tomó de las manos sin quitarme los ojos de encima y me besó en la frente, una ráfaga de besos tiernos mientras decía lo siento, lo siento, no tenía que haberte engañado. Pero lo peor estaba por venir: la confirmación de que el mero paso del tiempo no es suficiente para hacer madurar a los hombres.

–Lo siento, amor, lo siento –insistía innecesariamente–. Pero no te preocupes: se lo he contado todo a Lucía, y aunque se ha puesto como una furia, creo que es lo más sensato que he hecho en toda mi vida. Porque quiero que vivamos juntos; tu y yo.

En fin. Pero qué manía tienen los hombres de dar sorpresas sin previo aviso, como si fueran tan perspicaces como para prever todas sus consecuencias. Y no sólo les gustan las sorpresas inesperadas sino que, a poder ser, se inclinan por aquellas cuyas consecuencias son irreparables.

 

© Seitidi, enero de 2001

 

Volver a De mi puño y letra

 

alojamiento web gratis
Otros servicios ofrecidos por HispaVista:
Inmobiliaria y Dominios
Consigue una página web gratis o un
alojamiento web profesional con Galeón