EL ÚLTIMO AVIÓN A LISBOA

… Siempre era de los primeros en llegar al trabajo, lo que le evitaba la para él incómoda tarea de saludar a los compañeros: era hombre de pocas palabras y todavía menos hechos. Sin quitarse el abrigo, pues el vestíbulo de altas techumbres en que tenía su mesa era un lugar gélido en aquella época del año, como sofocante lo era en el verano, se sentó en su silla de madera ante la desvencijada mesa que constituía todo su reino matinal. Como tenía por costumbre, abrió uno de los cajones y, de un rápido vistazo, hizo la cotidiana inspección de todas sus posesiones: una vieja grapadora que nunca había conseguido arreglar, varios lapiceros a medio usar y mordisqueados en su extremo, un sacapuntas de manivela con los rodillos gastados, una regla de madera con los números casi invisibles por el repetido roce de los muchos dedos que se habían paseado por ella... y un reloj de bolsillo, única herencia que había recibido de su padre, con las saetas insensibles al deteriorado mecanismo interior desde hacía tanto tiempo como el transcurrido a partir del día en que su propio aliento vital se había reducido al mínimo necesario, el ritmo justo para mantener al ralentí su sufrido corazón. Sacó el reloj, lo puso en hora y le dio cuerda, aunque sabía con certeza que su empeño por hacer andar aquella reliquia iba a resultar, una vez más, infructuoso.

–Buenos días, Antonio. Vaya, no me digas que ya estás mirando el tiempo que falta para salir... aunque me parece que ese reloj tuyo es menos fiable que el ABC.

–No seas bocazas, Pepe. ¿Quieres meterte en un lío? –respondió Antonio mirando a su alrededor preocupado porque alguien hubiera oído el imprudente comentario de su compañero.

–¡Bah! ¡Que se jodan todos! –exclamó Pepe con el deje desafiante que sólo la ignorancia o la juventud, o ambas cogidas de la mano, permiten imprimir a las palabras–. Estoy hasta los huevos de tener que ir todo el día preocupado por lo que hago, por lo que digo, por lo que pienso... Además, tú no irás a denunciarme ni a acudir con el chivatazo al jefe ¿no? –añadió, conociendo de antemano la respuesta que le iba a dar su amigo.

–Sabes perfectamente que jamás sería capaz de hacerte algo semejante –contestó ofendido Antonio–. Pero también creo que sabes como funciona esto: hoy un comentario y mañana te has buscado la ruina.

–Vale, vale. Tranquilo, Antonio, que ya me voy. Y no te preocupes tanto: no me ha oído nadie –dijo, con una ficticia seriedad–. Nos vemos más tarde, muchacho –y se dirigió a las escaleras que conducían a la primera planta del edificio, con las manos en los bolsillos y evitando pisar las juntas de las baldosas, como si estuviera impulsando un imaginario tejo en el juego de la rayuela.

Pepe representaba la antítesis de todo lo que era Antonio. Paseaba despreocupado por la vida, como si nada de lo que le rodeaba tuviera algo que ver con él. Desde su metro ochenta de altura, parecía ser un observador invisible de su entorno; sus grandes y despiertos ojos verdes, unidos a su actitud, le daban el aire de la lechuza que, posada en la atalaya de su árbol, vigila y controla todo lo que se mueve a su alrededor. Pero, a diferencia de la rapaz, Pepe no actuaba así para acechar a una hipotética presa, sino por su innato carácter enajenado de la realidad. Antonio le admiraba por esa actitud distraída y envidiaba su capacidad de abstraerse de los problemas cotidianos y reducirlos a la ínfima expresión, igual que parecía suceder con Rick Blaine, su idealizado héroe de Casablanca. Además –de eso estaba seguro–, Pepe era una de las pocas personas que conocía en quien podía confiar: por contraposición al resto de sus compañeros, era el único que no hacia mofa continua de la gris condición de Antonio, ni abusaba de su posición de superioridad frente al ordenanza pese al hecho de que todo el mundo era, o aparentaba ser, superior a él.

Un buen tipo, Pepe –pensó Antonio mientras su compañero se alejaba por el fondo del vestíbulo–. Un poco temerario, pero buen chaval. Ojalá sus descaros no le traigan ninguna desgracia –se dijo–. Y se enfrascó en un nuevo intento de arreglar la vieja grapadora que guardaba en el cajón.

La mañana transcurrió sin alteraciones notables con respecto a cualquier otro día de trabajo: unos cuantos cafés servidos en los despachos de costumbre, varios viajes al almacén en busca de material para los oficinistas, los habituales viajes de un lado a otro de la planta llevando y trayendo documentos que nunca parecían encontrar acomodo definitivo y, por fin, la hora de comer.

Cuando llegó a casa, Marina ya había terminado su almuerzo y estaba planchando unas camisas en la cocina, con la Zenith a todo volumen como compañía. Conchita Piquer interpretaba una de sus canciones y Marina la acompañaba con más entrega que arte.

Que no me quiero enterar

no me lo cuentes vecina,

prefiero vivir soñando

que conocer la verdad

Había escuchado esa simple canción muchas veces y, sin embargo, aquella estrofa adquiría un sentido diferente para él en ese momento. Prefiero vivir soñando que conocer la verdad –se repitió mentalmente, convencido de que la frase de la Piquer era perfectamente aplicable a su actitud hacía el desconocido destino que pudiera haber sufrido su hijo.

Después de musitar un mecánico qué hay, se sentó en su silla de anea y comió en silencio, masticando hasta el hastío las patatas cocidas que tenía como menú. Cuando terminó, encendió un cigarrillo. Se quedó traspuesto sobre la mesa hasta que la brasa del cigarro le quemó los dedos. En la radio estaban dando uno de esos seriales de condesitas desventuradas y pérfidos truhanes patrocinados por el Cerebrino Mandrí o algún producto similar. Su mujer, sentada en una banqueta, se enjugaba las lágrimas con un deshilado trapo de cocina. Antonio se volvió a dormir mientras, en la radio, Luis Fernando seguía haciendo la vida imposible a la pobre de Enriqueta.

*****

Minutos antes de comenzar la última sesión de la noche, Campos se despidió de Antonio.

–Tengo que irme un poco antes, así que hoy deberás cerrar tú –Antonio no pareció entender el significado de tan peregrino comentario, pues cerrar el cine era uno de sus cometidos de todas las noches–. Y no te preocupes por la recaudación del día –añadió el encargado–. Ya he hecho el cierre y he guardado el dinero en la caja fuerte. Y por cierto, procura limpiar mejor antes de irte si quieres conservar tu empleo –dijo en voz lo suficientemente alta como para que le oyeran sus compañeros de trabajo–. Esta tarde ha estado don Carlos y se ha quejado de la falta de limpieza en la sala; como comprenderás, no estoy dispuesto a aguantar broncas que no me corresponden –añadió con una mezcla de enfado y desdén.

–Pero, señor Campos –quiso comenzar a defenderse Antonio con voz vacilante–, yo juraría que no quedó un solo papel en todo el cine y...

–¿No estarás insinuando que miento? –le cortó Campos encolerizado–. ¡Y haz el favor de no jurar en vano o te condenarás, si es que no lo estás ya!

Y sin dejar lugar a réplica alguna por parte de Antonio, se dio media vuelta y salió del cine con el paso presuroso.

Antonio se quedó parado, consciente de que Campos era capaz de cumplir su amenaza de despedirle. Sin embargo, dudaba que Campos hubiera recibido realmente la visita de don Carlos, el propietario del cine, pues éste empleaba habitualmente las tardes en dormir la siesta: de todos era conocida la intensa vida social nocturna que acostumbraba a mantener. Pero jamás se le habría pasado por la cabeza poner en duda la afirmación del encargado, quien gozaba de la plena confianza de don Carlos, pues no en vano era Campos quien controlaba realmente el funcionamiento de varios de sus negocios, entre ellos las salas de cine de las que era propietario.

Acomodados los últimos espectadores que, para disgusto de Antonio, llegaban al cine iniciada la proyección, se apostó a la entrada de la sala, dispuesto a disfrutar una vez más con las desventuras de Rick. Regularmente, se colgaba de su cuello la bandeja con la que, de un modo absolutamente maquinal, ofrecía a la concurrencia caramelos y otros dulces, entre las protestas de algunos por la intromisión del acomodador en lo mejor de la película.

Aprovechó la escena de la detención de Ugarte, que siempre le provocaba un cierto malestar, para salir a beber un trago de agua. De camino, pasó por delante de Aurora, la encargada del guardarropa. Tenía unos cincuenta años y utilizaba siempre en sus vestidos unas insuficientes tallas que, con dificultades, intentaban contener los excesos de su anatomía. Sus cabellos estaban teñidos de un color rubio que no conseguía aclarar las oscuras raíces; sus ojos, subrayados con una gruesa línea que, de tan prolongada como era, parecía querer alcanzar la oreja; y cerrando el óvalo achatado de su cara, unos labios finos, rojos de carmín barato; todo el conjunto conformaba un aspecto artificial y poco agradable a la vista.

–¿Qué, Antonio? ¿Cómo va la cosa por ahí adentro? –preguntó sin demasiado interés.

–Bien. A Luis sólo se le ha parado la cinta una vez y han comenzado los silbidos de rigor pero, por lo demás, todo normal.

El acomodador continuó su camino hacia los lavabos, pero Aurora pareció recordar algo importante.

–Por cierto, Antonio, casi se me olvida –exclamó–. Don Carlos no ha venido en toda la tarde; te lo digo porque como te he oído hablar antes con Campos...

Antonio detuvo sus pasos, se volvió hacia Aurora y se la quedó mirando con cara de no haber entendido bien sus palabras.

–¿Cómo dices? ¿Que no ha estado don Carlos en el cine? Pero, ¿por qué me iba a mentir Campos? Quizás haya estado antes de que llegases tú.

–Piensa lo que quieras –contestó Aurora con indiferencia–, pero sabes muy bien que soy la primera en llegar al cine. En cualquier caso, no creo que debas preocuparte. Ya conoces a Campos: siente una gran afición por acojonar al personal. No es más que un jodido amargado que disfruta asustando a quien puede, aunque vaya por ahí de piadoso, siempre dispuesto a soltar una de sus frases bíblicas: no jures en vano o te condenarás –imitó con tono guasón la voz del encargado–. Y tú, desde luego, eres una presa ideal.

Antonio, preocupado por el comentario de Aurora y ya olvidadas sus ganas de beber, volvió a su privilegiado puesto de observación junto a la entrada de la sala; llegó justo a tiempo de ver cómo Sam atendía los ruegos de Ilsa y comenzaba a interpretar al piano "El tiempo pasará". Absorto con aquella canción tantas veces escuchada, no se daba cuenta de que un espectador reclamaba su atención levantando el brazo ostentosamente y llamándole con voz airada. Se reprodujeron otra vez los silbidos y Antonio salió del ensimismamiento en que había caído con la música, acudiendo con desgana a atender la solicitud de aquel enojado individuo.

En la pantalla, Rick se había quedado pensativo, sirviéndose una nueva copa y exhalando continuas bocanadas de humo de su cigarrillo, mientras Sam tocaba con desgana aquella canción que tan gratos y al mismo tiempo amargos recuerdos le hacían llegar a la memoria. Tenía la tantas veces dura mirada perdida en el fondo de la sala y parecía más triste que de costumbre.

En el momento en que un haz de luz procedente del aeródromo barría el café, posándose sobre los ojos de Rick, Antonio tuvo la instantánea sensación de que esa mirada se dirigía exactamente al punto en que él se encontraba; como si desde aquella tela extendida al fondo de la sala le estuviera pidiendo ayuda o, al menos, comprensión. Incluso hizo el gesto instintivo de mirar a derecha e izquierda intentando descubrir a su lado al auténtico destinatario de las mudas súplicas de Rick. Inmediatamente, sacudió la cabeza, y se sonrió burlándose de su patética ingenuidad. Pero la burla se trocó en asombro cuando, al mirar de nuevo a la pantalla, descubrió al protagonista de la película dejando resbalar una lágrima por su mejilla. Y Rick no había llorado nunca en las muchas veces que había visto Casablanca. De hecho, Antonio nunca lo habría creído capaz de llorar.

Ricardo Bosque Ó 2000

 

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