Sofía y Julián llevaban varios días leyendo el mismo libro; no, no simultaneaban la lectura de un mismo ejemplar, sino que ambos dedicaban sus ratos muertos a leer un mismo título. Y luego, mientras compartían unas cervezas, cambiaban impresiones sobre los personajes principales y secundarios, las situaciones a las que la autora les hacía enfrentarse, el ritmo trepidante de la narración… Ambos aprendieron poco a poco a apreciar el mismo tipo de cine, a escuchar el mismo género de música, a desarrollar idéntica pasión por la pintura.
Llegaron a degustar los mismos licores cuando tocaba tomar copas, a
saborear los mismos platos cada vez que el grupo salía de cena, a aislarse de
la pandilla cuando la cena concluía.
Incluso llegaron a carraspear del mismo modo característico, a utilizar
las mismas coletillas en sus frases y a frotarse las manos con una cadencia
estudiada. Eso sí, cada uno se frotaba sus propias manos, que pocas veces
fueron sorprendidos enlazando los dedos del otro.
Sí, ya sé que para ser mujer no demuestro una gran perspicacia, pero
sólo me di cuenta de todo esto poco después de que Julián entrara en casa, el
gesto serio, la mirada ausente, y me dijera que todo había terminado entre los
dos, que llevaba varios meses viéndose a mis espaldas con Sofía –y no sólo
cuando salíamos en grupo– y que debíamos separarnos. También me juró que no
pretendía hacerme daño, que no me lo tomase tan a pecho. Simplemente, se había
dado cuenta de que Sofía y él tenían muchas cosas en común.
© Seitidi,
noviembre de 2000