Esta noche lo ha vuelto a hacer.
Y mira que se lo he dicho cientos de veces. Porque yo podré ser buena, pero
tonta, no.
Ha
salido de casa, como cada noche, a eso de las ocho y media, nueve menos cuarto.
Primero da un paseo breve por las calles del barrio –acostumbra a elegir las
menos iluminadas–, pero siempre termina en ese café que hay a dos manzanas de
aquí. Yo no le he seguido nunca, hasta ahí podíamos llegar, pero son muchos
años viviendo juntos como para no saber exactamente lo que hace en cada
momento. Él estará como siempre, acodado en la barra, bebiendo una cerveza y
fumando uno tras otro sus apestosos cigarrillos. Ella le estará mirando a
través del cristal con esa cara lánguida que tan bien sabe poner, los ojos
tristes y deseando que alguien se pare a su lado y le de unos minutos de
conversación.
Luego llegará con su maldito olor
a tabaco y jurando que ni siquiera ha encendido un cigarrillo; como si yo no
supiera que, si no fuera por fumar, para luego iba a tener tanto interés en
sacar cada noche de paseo a la perra… pero de hoy no pasa: no pienso consentir
que siga trayendo ese olor asqueroso que no hay manera de arrancar de las
cortinas ni gastando un bote entero de ambientador.
© Seitidi, noviembre de 2000