EL EJIDO (8-02-2000)

Pues, sí, no tengo más remedio que tratar el tema de moda en estos días: ¿somos racistas los españoles?

No, según los cientos de cívicos habitantes de esta población almeriense (podría haber sucedido en cualquier otro punto del país) que, armados con la razón de las palabras y el sentido común, no han dudado en perseguir, apalear, destrozar, todo aquello que tuviera que ver con los vecinos del sur: como si no tuvieran bastante con verse obligados a abandonar la tierra donde han nacido y en la que no pueden ganarse la vida –por aquello de que a los países ricos siempre interesa la existencia de pobres gentes que les hagan (eso sí, lejos de "nuestros" paraísos terrenales del norte) el trabajo sucio.

Yo, en mi pueril inocencia e infinita confianza en la condición humana, pensaba que esos salvajes comportamientos sólo podían darse lejos de aquí, en esa Europa Central que presume de pureza de orígenes; nunca en un país habituado a recibir todo tipo de aportaciones a lo largo de la historia y en cuyos habitantes, si se pudiera hacer un profuso estudio sanguíneo, se descubriría una indisoluble mezcla de genes árabes y judíos con una minoría de aportaciones cristianas.

Me resulta patético escuchar las argumentaciones de esas hordas salvajes que nunca se han molestado en denunciar las inhumanas condiciones a las que han tenido sometidos a unos miles de personas (recalco lo de personas) durante tanto tiempo: jornadas interminables bajo interminables cubiertas de plástico (si no fuera por ellos, Almería exportaría tantos tomates como Islandia o Suecia); sueldos ridículos, apenas suficientes para mantener con fuerzas a esos pobres hombres, mujeres, niños que, a la hora de la verdad, son quienes están revitalizando este país. Como hicieron los españoles (muchos de ellos andaluces) hace solamente 30 o 40 años, contribuyendo al despertar económico de media Europa. Pero, lamentablemente, la memoria histórica parece diluirse tan rápido como el humo en el aire un día de fuerte viento.

Conste que no tengo nada contra los andaluces, sino contra esos andaluces; igual pienso de los aragoneses que utilizan la misma mano de obra en sus campos; de los catalanes que explotan a los negros (no, no me da la gana utilizar el eufemismo de gente de color, recurso único de los hipócritas) en el Maresme; los valencianos, castellanos…

Pero, seamos positivos, aportemos soluciones: ¿por qué no el pueblo Elegido (perdonese el chiste fácil) se desplaza a convivir con sus vecinos "puros" de Austria? Quizá porque, en caso de hacerlo, allí serán considerados escoria y dedicados al trabajo en las plantaciones de tomates (o lo que cojones cultiven los tiroleses); al fin y al cabo, dudo que un austriaco de pro distinga facilmente la tez morena de un magrebí de la de un español.

Lo confieso: yo también soy magrebí o, al menos, 700 años de mi vida lo son.

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