2º premio en el VI Concurso de relatos JUAN MARTÍN SAURAS 2001
Jabir debía tener unos cincuenta años, pero los rigores del clima le
habían proporcionado una piel ajada que le hacía aparentar quince o veinte más.
Sus ojos, de un inusual color azul desgastado por el mucho sol recibido, demostraban
una sabiduría natural adquirida a golpe de experiencias, la sabiduría que
aporta la supervivencia en condiciones extremas. Apenas hablaba francés aunque
lo entendía lo suficiente como para responder con monosílabos y gestos de las
manos. Tras pocas palabras, algunos silencios calculadores y un apretón de
manos, acordamos el precio: cuatrocientos dinares por una travesía que debía
durar doce o catorce días; el alquiler del dromedario y la compra de
provisiones correrían por mi cuenta y el regreso lo debería realizar en coche
con los tres norteamericanos. La salida estaba prevista para el atardecer del
día siguiente.
Por la mañana, Norman me ayudó en la tarea de aprovisionamiento: conocía
a la perfección las técnicas del juego del regateo y conseguimos todo lo
necesario por bastante menos dinero de lo que me pedían inicialmente. Liquidé
la cuenta de mi hotel y, a las seis de la tarde, regresé al café en el que
había conocido a los que iban a ser mis compañeros de viaje. Todo estaba listo
para comenzar la travesía hacia el sur, hacia la región en la que, quizás,
podría averiguar algo sobre Aïcha.
La caravana estaba integrada por Jabir –siempre viajando quince o veinte
metros por delante del grupo, como renunciando a nuestra extraña compañía–, los
tres norteamericanos y yo, todos a lomos de dromedarios. Un par de animales
más, cuyas riendas estaban unidas al dromedario de Jabir, transportaban todo el
equipo. Partimos en silencio cuando el sol comenzaba a ser engullido por las
dunas más lejanas, como si fuera una moneda introduciéndose por la ranura de
una hucha de arena. Premonitoriamente, dirigí una mirada a las casas que
dejábamos atrás, los últimos signos de una vida humana que ya nunca volveré a
contemplar.
Viajamos durante toda la noche. En seguida, Norman rompió el silencio de
la noche con su verborrea inagotable. Yo me sentía incómodo con tanta
palabrería, pues me daba la sensación de que con su charla violábamos la paz de
una catedral que decoraba su cúpula negra con estrellas en lugar de representar
las manidas escenas religiosas. Aceleré un poco la marcha y me acerqué a Jabir.
El guía me dirigió una mirada con la que demostraba estar de acuerdo con mis
pensamientos: el desierto era silencio y resultaba sacrílego ensuciarlo con
palabras innecesarias.
Cada jornada de marcha era una
prolongación natural de la anterior: un paisaje siempre idéntico pero en
continua transformación, con las dunas reptando por delante de nosotros como si
no quisieran ser alcanzadas; el sol siempre presente pero mostrando una amplia
gama de matices a medida que transcurrían las horas; el aire extremadamente
seco quemando nuestros pulmones a cada inspiración.
Nos desplazábamos en silencio durante toda la noche –los norteamericanos
eran menos pródigos en palabras conforme pasaban los días, posiblemente como
consecuencia de la fatiga o del aburrimiento por una aventura diferente de la
que esperaban– y acampábamos al amanecer. Al tercer día de marcha le pregunte a
Jabir si sabía algo de la Aïcha que yo buscaba. Su respuesta, si se pueden
considerar aquellas palabras como una respuesta, me desconcertó.
–No, Aïcha no; no, Aïcha no –repetía meneando la cabeza como sacudiéndose aquel nombre que para él sí parecía significar algo.
© Ricardo
Bosque 2001